Al configurar una denominación de experiencias en cuanto a las posibilidades de la construcción del yo, nos revela que la subjetividad femenina crea espacios a partir de la escritura para determinar verdades, sugerir auténticos deseos, develar juicios sobre los fundamentos de la vida y representar, a través de la conciencia, la imagen legítima del derecho al disentimiento, del cual emana la voz lúcida que denuncia el atropello ante la ausencia del gesto solidario y del amor propio. Por esta razón, la autoescritura, como discurso paralelo de enunciación, refiere símbolos subversivos que atestiguan un nuevo modo de concebir la historia al indagar representaciones de una racionalidad dialógica, emergente e intuitiva, propias del sujeto femenino.
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