Discurso de Luis García Morales, Presidente del Conac 1                                             «      »

 

Este año se otorga por tercera vez consecutiva, el Premio Internacional de Novela “Rómulo Gallegos”, creado por el Estado venezolano en homenaje y justo reconocimiento de una de las más altas figuras de las letras del Continente. Y lo es, por los rasgos peculiares de su obra como novelista y por la fuerza moral de su conducta como hombre de invulnerable pensamiento democrático.

Rómulo Gallegos crea un mundo novelesco cuyos personajes, ambientes, situaciones constituyen en sí mismos el poema trágico de una realidad tangible. En los momentos más lúcidos de su lenguaje creador organiza, con elementos inmediatos, una mitología cuyos nombres, en su grandeza o en su miseria, son los nombres luminosos o sombríos de unos cuantos personajes reales que todavía persisten en la convulsionada historia de nuestras repúblicas latinoamericanas.

Ese orbe simbólico responde a circunstancias históricas precisas, pero revela también el drama de una conciencia herida por la injusticia social, la privación de libertad de los pueblos, la sistemática humillación del hombre. Esa materia urbana o rural, que el autor eleva a categoría mítica por obra de la encarnación literaria, no es asunto para el regocijo. Gallegos padece esa oscura verdad de cada día, la confronta, la existe y así como la encarna en un verbo para la duración también la asume como compromiso para el rescate de la dignidad individual y colectiva.

La carne y el espíritu de la nación palpita en la palabra galleguiana. Pero en Gallegos, Venezuela es el continente todavía increado, un espacio para el riesgo y la aventura, para la construcción y el porvenir. En esa zona tiene lugar el drama que se identifica con el canto y el canto personifica la sombra de esos seres terribles, taciturnos, dolorosos que deambulan a lo largo de nuestros países en busca de su verdadero ser. Allí los vemos, haciendo leguas a paso de caballo o en el pobre hotel de provincia o entonando la triste melodía de la puna o en las calles de las grandes metrópolis, topándose a cada instante con el espejo de su soledad. Soledad que sugiere desarraigo, incomunicación, hambre de identidad. Soledades que confluyen al mismo sentimiento de desesperanza y frustración. Pero ese ser solitario en que nos miramos, ese hombre en apariencia sin destino, tiene ante sí como impulso capital todo el futuro. Ya no el pasado que se bifurca en el espacio, en el tiempo, en la cultura, pura reminiscencia y angustiosa acumulación, sino ese río perpetuamente haciéndose, deshaciéndose y rehaciéndose y cuyo nombre es el porvenir.

De pronto la tierra que nos sustenta, la tierra en que vivimos, es el tiempo. Desarraigados de la historia, desarraigados de la época, sacralizamos la soledad. Pero estar solo es desvincularse, es girar en la esfera de los olvidos, es perder el contacto con el tiempo que nos ha tocado vivir. Somos pueblos en trance y necesidad, para el cumplimiento de nuestro destino, de recobrar el pasado que es la noche de los ancestros, de la sangre, de la tierra, de la memoria y de darle un sentido y una más clara significación al futuro que es el día de la actividad, de la promesa, de la realización. De algún modo hay que armonizar esos polos lejanos de pasado complejo y confuso y de futuro promisor. Abrir por un instante ese universo hecho de tiempo cerrado, de sombra y de soledad para que el día que deseamos se comunique con la noche que amemos y pase la luz que permita al hombre verse por primera vez a sí mismo en toda su integridad histórica, como ser entero, dueño de su espacio y de su tiempo, solidario de su tierra y de su prójimo. Mientras ese momento llega, la ceremonia del solitario continúa. El hombre americano ante su propio abismo, buscándose, inventándose una realidad y un nuevo destino con la magia única del lenguaje. Gran parte de la literatura latinoamericana expresa el sentido de esta tragedia inconclusa.

Nuestros creadores, lo han sido de una obra artística o literaria pero también del propio ser y de la propia realidad americana. Continuamos así la tradición que iniciaron los descubridores y los cronistas de Indias. Fuimos y somos un continente para la leyenda y la invención. Cada día seguimos descubriéndonos, haciéndonos, inventándonos. Los cronistas, asombrados comenzaron por balbucear nuestro ser. Los Libertadores inventaron nuestras repúblicas. Los novelistas, los poetas, los artistas tomaron en sus manos el fuego de la creación para imaginar y fundar los estilos, las formas, el lenguaje del nuevo mundo.

Nuestras historias literarias testimonian de este privilegio de la literatura creadora. Nacimos de una escritura soñada y delirada por los primeros narradores, locos y poetas que viajaron a estas tierras desconocidas. Fuimos la fábula, el encanto, el paraíso del mundo viejo. Mientras ese sueño duraba, éramos un universo sólo sostenido por las voces maravillantes de esos viajeros que estaban recreando un mundo sin saber qué aleluya de sangre y adversidad, de oscuridad y de luz entonces preparaban.

Página a página, ya mezclándose las palabras y las sangres, este mundo empezó a transformarse como idea, como realidad, como destino, bajo el influjo de la imaginación y la lengua. El poder de la literatura es impredecible. No en vano Juan el Poeta, en el Nuevo Testamento, nos anuncia que “en el principio era el verbo y el verbo estaba con Dios y el verbo era Dios”. Milagro y taumaturgia del lenguaje, los escritores hacen al hombre y al universo con el soplo mágico de la palabra. Colón inventa un Continente con unas cartas. Bolívar crea a Venezuela con un discurso. Hidalgo engendra la independencia mexicana con un grito. ¿Qué otro poder más alto y extraordinario que el que tiene el lenguaje?

Honor y reconocimiento a quienes trabajan con sentido creador el idioma, renovada constelación de signos donde se encuentran como dos soles recíprocos los pueblos de España y América.

Rómulo Gallegos, Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, para nombrar sólo a novelistas vinculados a este premio, también son inventores, fundadores de nuestra realidad mítica y social desde ahora y para siempre, para los pueblos de hoy y para los pueblos de mañana. Su obra —y la obra de sus predecesores y la de otros escritores y artistas— es el fundamento de nuestro ser como individuos y como sociedad. Sin ella, algo esencial nos faltaría. Nos faltarían los sentidos para el amor de la tierra y de sus gentes, nos faltarían los espejos para la vigilia de la conciencia y nos faltaría la luz para vernos y reconocernos en la acción y en la emoción, en la caída y en la esperanza.

Carlos Fuentes, con lúcida perseverancia, a través de un lenguaje certero y eficaz, se integra a esta historia que decimos. Su obra es invención y fundación, búsqueda y encuentro. En ella se desintegra y revive España, muere y renace América. Su palabra es el cuchillo de obsidiana que abre el cuerpo tembloroso de un tiempo común para americanos y españoles. Esa larga herida es la metáfora de nuestra vida y nuestro destino. Allí nos vemos y nos recreamos. Allí tomamos conciencia de nuestra verdad y nuestra soledad. Allí empezamos a vislumbrar qué fuimos y qué somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos, porque ésta es tierra para el provenir, tierra para el hombre, “terra nostra”.

 

1 Tomado de Premio internacional de Novela Rómulo Gallegos. 1972-1976. Discursos de Carlos Fuentes y Luis García Morales (1978). Caracas: Ediciones de la Presidencia de la República/Consejo Nacional de la Cultura, pp. 35-45.

 

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