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CELARG

Solemos mirar la historia como una larga lista de batallas, como si los países se construyesen sólo con armas cuando les preceden los sueños y las ideas. En nuestra Independencia fue Simón Rodríguez el hombre que sembró los pensamientos del Libertador.

Para conocerlo más, el Celarg invitó al diputado Jorge Arreaza, quien presentó una ponencia denominada “la utopía concreta robinsoniana”, en la que reivindica una nación que tiene en su génesis a dos hombres, de nombre Simón, cuyas biografías y pensamientos son indivisibles.

Es cierto que estuvieron por aquí hace más de 200 años, pero también que son más necesarios que nunca. Conocerlos mejora nuestra capacidad de entender que el futuro pertenece a América; de allí que hacernos sea siempre resistir.

¿Cuánto tiempo se tarda en alcanzar una utopía? ¿Es un lugar como una isla o una silueta que ayuda a caminar, como pensaba Galeano?  ¿Es realmente la reivindicación de la capacidad de inventar el centro del pensamiento de Robinson o había mucho más que se nos escapa?

Quizá su pensamiento fue mucho más concreto pues, aunque planteó que se inventase, pensaba que debía hacerse sólo después de conocer y discernir, desechar y valorar lo que se había hecho.

Además, esa creación debe hacerse recordando que somos diversidades que se convirtieron en nuevas repúblicas sometidas a la tentación de copiar lo que ya se hizo pero que siendo críticos nunca ha terminado de funcionar.

¿Es tener una monarquía o un sistema parlamentario nuestro único destino? Si así lo fuese, ¿por qué en los momentos de mayor luminosidad de nuestra historia hemos intentado fórmulas propias, aterrizadas, marcadas por lo que somos capaces de hacer y pensadas para satisfacer las necesidades que nos son propias?

Inventar, acercar el amanecer como lo hizo Bolívar, Gallegos o el comandante Chávez es mirar el territorio, intentar fórmulas de gobierno que den respuestas a la mayoría y mejoren las condiciones de vida. Es hacer desde lo que se es y lo que se aspira alcanzar.

Para Arreaza, la utopía aterriza -no sin antes dialogar con autores modernos y actuales- en los ejercicios de democracia directa y participativa que se ejercen fundamentalmente en las comunas y conocer a Rodríguez una deuda histórica, al menos hasta obtener las certezas definitivas de que recuperamos toda su obra e incluso sus restos, pues, más allá de los que reposan en el Panteón, hay quien sostiene que quedaron lejos, en esas últimas moradas solitarias donde la vida lo dejó.