Skip to main content

CELARG

por Javier Biardeau R.

La historia cultural y política del Perú de la segunda década del siglo XX no puede comprenderse sin la aparición de la revista Amauta, fundada y dirigida por José Carlos Mariátegui La Chira (1894-1930) desde su primer número, cuando apareció el 10 de septiembre de 1926, hasta 1930, todo esto en el contexto sociopolítico del “oncenio” de Augusto Leguía.

La revista publicó 30 números y dos boletines extraordinarios luego del fallecimiento de su fundador[1]. En su editorial de presentación, Mariátegui escribió:

“Esta revista, en el campo intelectual, no representa un grupo. Representa, más bien, un movimiento, un espíritu. En el Perú se siente desde hace algún tiempo una corriente, cada día más vigorosa y definida, de renovación. A los autores de esta renovación se les llama vanguardistas, socialistas, revolucionarios, etc. La historia no los ha bautizado definitivamente todavía. Existen entre ellos algunas discrepancias formales, algunas diferencias psicológicas. Pero por encima de lo que los diferencia, todos estos espíritus ponen lo que los aproxima y mancomuna: su voluntad de crear un Perú nuevo dentro del mundo nuevo. La inteligencia, la coordinación de los más volitivos de estos elementos, progresan gradualmente. El movimiento intelectual y espiritual, adquiere poco a poco organicidad. Con la aparición de «Amauta» entra en una fase de definición”[2].

Además de las palabras fundacionales, el número 17 constituye el deslinde definitivo hacia el antiimperialismo, el anticolonialismo y el socialismo revolucionario[3], mientras el número 30 presenta un homenaje a Mariátegui de todo un grupo que lo acompañó cercanamente tras su fallecimiento[4]. El historiador y antropólogo peruano Luis E. Valcárcel escribió:

“La figura más grande de la intelectualidad del Perú de esta generación, José Carlos Mariátegui, ha desaparecido. Pensador y apóstol, la juventud de América veía en él, con legítimo orgullo, el rebrote feliz del genio del continente que, unas veces, crea a Bolívar y, otras, a Juárez, que hoy anima a Ingenieros y antes a Martí, que alumbra a Montalvo con espontánea complacencia que a Rubén, que tan pronto esquiva su fecundidad y se la niega a los políticos como se la prodiga a los artistas. América del futuro, América eterna vivió en Mariátegui, y por eso en él se contempló la juventud de este hemisferio. En esta década, el Perú sólo fue citado con honor cuando aparecía: el nombre de José Carlos Mariátegui. Y lo que salva al Perú, lo que salva la responsabilidad de la juventud peruana, es el apostolado de Mariátegui, su obra doctrinaria, su élan de cultura y de creación, su fervor y desinterés, su apoyo del oprimido y su intuición admirable de todos los problemas cardinales de América. Mariátegui los estudia y los resuelve”.

La revista Amauta fue mucho más que una publicación periódica: constituyó un “proyecto intelectual total”, una plataforma de intervención cultural y una herramienta de lucha en un contexto marcado por un proceso de “modernización dependiente, reflejo, trunco y desigual”, por el autoritarismo estatal, el auge de las vanguardias artísticas, así como la emergencia y movilización de movimientos obreros e indígenas en el Perú.

En un país donde la cultura escrita (ciudad letrada) había sido, durante largo tiempo, un privilegio de casta de las élites limeñas y donde el indígena era sistemáticamente marginado o folklorizado, Amauta irrumpió como un espacio de “reconfiguración del campo cultural”, articulando arte, literatura, crítica social y política revolucionaria.

La revista se convirtió en un laboratorio donde se ensayó una idea fundamental: un proceso de activación social y política cuyo horizonte era la revolución socialista, proceso que no podía limitarse a lo económico o político, sino que debía implicar una transformación profunda de la sensibilidad, del lenguaje, de la imaginación y de las formas de representación. He allí su carácter de vanguardia cultural.

En este sentido, Amauta cumplió una función doble e inseparable: por un lado, una “función estético-literaria”, al promover la modernidad artística, el rol de las vanguardias, el debate cultural y la formación de una conciencia crítica; y por otro, una “función política”, al constituirse en un órgano de formación teórico-ideológica que no se concentraba exclusivamente en la dimensión estética, sino además en la articulación socialista e impulso de un nuevo pensamiento peruano y latinoamericano (con fuerte impronta indoamericana).

Ambas dimensiones se entrelazaron en un mismo propósito: crear una “cultura popular revolucionaria” capaz de disputar la hegemonía de la clase dominante, interpretando el Perú desde sus contradicciones reales, desde su lugar en el sistema capitalista mundial y no desde imitaciones superficiales de Europa.

Es importante analizar la función estético-literaria y política de Amauta, su estructura, sus períodos, sus temas clave, y el papel decisivo de Mariátegui como director, editor y articulador de toda una red intelectual continental emancipadora.

Sostenemos que Amauta fue el proyecto más coherente de “modernidad crítica y radical” del Perú en el periodo de entreguerras, y que su legado consiste en haber fundado una forma de pensar, donde estética y política son dimensiones inseparables de una misma praxis histórica.

Representó un proyecto político-cultural que buscó fusionar el arte con la revolución social, el indigenismo y el socialismo. Recogió la búsqueda de una identidad propia que ya estaba en el modernismo, pero la orientó hacia un compromiso activo con la realidad social y política del continente.

Mariátegui entendía que la verdadera transformación del Perú, no podía ser una copia del modelo europeo o norteamericano, sino que debía pasar por un proyecto socialista que integrara la herencia indígena y los conflictos de una sociedad dividida ya en clases sociales, producto de la creciente penetración del imperialismo sobre el Perú, luego de la experiencia de la tradición colonial y luego de la problemática alba criolla republicana[5]. Amauta fue el órgano central de este proyecto.

En esencia, fue un proyecto de hegemonía cultural. Mariátegui entendió que la revolución no se hace solo con partidos o huelgas: también se hace con revistas, poemas, imágenes, debates, ideas y símbolos. En un país fracturado, Amauta buscó fundar un lenguaje común para los oprimidos y una modernidad distinta: no colonial, no imitativa, sino creadora.

A un siglo de su aparición, Amauta sigue siendo un referente indispensable. No solo por lo que dijo, sino por lo que intentó hacer: “crear un Perú nuevo desde la cultura revolucionaria y vanguardista”, y demostrar que la estética y la política pueden, y quizá deben, caminar juntas cuando se trata de emancipación.

[Fragmento de Breves notas sobre la revista Amauta y su función estético-literaria y política, por Javier Biardeau R.]


NOTAS

[1] https://www.mariategui.org/revista-amauta/numeros-de-la-revista/

[2] Revista Amauta. N° 1: https://www.mariategui.org/wp-content/uploads/2026/08/AMAUTA-PUBAJCM-02-01.pdf

[3] Revista Amauta N° 17: Aniversario y Balance. https://www.mariategui.org/wp-content/uploads/2026/08/AMAUTA-PUBAJCM-02-17.pdf

[4] Revista Amauta N° 30: https://www.mariategui.org/wp-content/uploads/2026/08/AMAUTA-PUBAJCM-02-30.pdf

[5] José Carlos Mariátegui (1927): La tradición nacional. https://www.marxists.org/espanol/mariateg/oc/peruanicemos_al_peru/paginas/tradicion.htm